lunes, 25 de mayo de 2026

MELODÍA DE LO ETERNO: EL ECO DE LA RISA.

Pensar en la infancia es como dar un suspiro: añorar aquellas épocas donde la vida no parecía tan seria, donde la mayor preocupación era no perderse la caricatura en televisión o tener el juguete que mostraban en comerciales; aquellos tiempos donde no existía “tuyo” o “mío”, pues dicha construcción social carecía de sentido o relevancia. Bien se dice que todo tiempo pasado fue mejor; tan corta la infancia para una adultez dura y sin retorno. La niñez huele a dulces, a crema suave y perfume frutal; suena a voces agudas, a canciones populares de la época, a un “te quiero” sincero de mamá. Es palpable; puedo trasladarme a la cama suave y llena de peluches que mis padres adornaban para mí, a la caída en bicicleta intentando aprender a manejarla y a mirar hacia arriba porque todo parecía enorme ante mis ojos. Pero, ante todo, la niñez es libertad; aunque parezca paradójico, lo es. Poder hablar sin pensar, reír fuerte, ser irreverente, creativa e ingeniosa. Una muestra de eso es que, cuando éramos tan solo niñas incapaces de vestirnos por cuenta propia, nuestras madres nos usaban como Barbies, y era normal; después de todo, la niñez era la única etapa donde podíamos usar vestidos brillantes, divertidos, extraños y coloridos sin que los demás empezaran a juzgar. Porque, ¿quién se atrevería a mirar con desdén la ternura de una niña representada por trozos de tela? Era, sin duda alguna, la actividad más entretenida del día; aún puedo recordar la picazón en la cintura, la incomodidad de las sandalias con tacón y el sonido de las lentejuelas en la falda. Sobre todo, puedo recordar lo feliz que era imaginándome princesa; por eso, al ver las fotos, me es inevitable sentir nostalgia y ternura. Más allá de la ropa, lo que hacía especiales esos momentos era el cómo nos sentíamos. En esas fotos de pequeñas no solo se ven vestidos bonitos, también se nota la felicidad en cosas simples: una sonrisa sin pena, una pose súper improvisada y la emoción de aquel instante. Éramos felices sin pensar tanto en el ruido externo. Y, de cierta manera, creo que eso es lo que más se extraña: esa forma tan libre y sincera de vivir, antes de que el miedo se apoderase de todo. El miedo que nos aisló, que se llevó consigo la irreverencia, la sonrisa inocente y gigante que a la mayoría nos caracterizaba. Aquella sonrisa de la infancia, que contenía esos recuerdos que ahora nos producen nostalgia: de cómo sonreímos cuando se nos cayó el primer diente y el vacío que frotabamos constantemente con la lengua, o cuando en los cumpleaños nos empujaron hasta llenarnos la cara de pastel. Esas sonrisas eran el claro ejemplo de la completud, la plenitud donde todo parecía perfecto, digno de ser vivido. Parece imposible que, luego muchas imágenes en las que mostrabamos todos los dientes, pasaramos a sentir vergüenza; aquella niña de risa amplia y un poco estúpida se hubiera sentido decepcionada al sentir que la alegría ya no podría representarse de tal manera. Y es que la alegría había cambiado. Mientras que, en nuestra inocencia, todo en la vida era sinónimo de felicidad, de colores vibrantes, risas y voces suaves. El paso del tiempo lo había marchitado. Hay quien afirma que entre menos se conoce el mundo más feliz se es; no se equivoca. El conocimiento y el análisis nos muestran la vida como un camino inevitable hacia el sufrimiento; nos enseñan que vivir feliz significa intentar ser lo menos desgraciado posible, valorar aquello que se lleva adentro. Esa dicha se ha visto empañada por la angustia y la vergüenza, por la búsqueda de identidad y esa conciencia del mundo. Ya los colores no brindan la misma alegría, no brillan igual. Lo que para una niña era el descubrimiento más grande -las mariposas en el estómago al tener algo anhelado, el no poder dormir por un evento esperado o imaginar el mundo futuro tal como lo ve en programas de televisión- fue frenado abruptamente por la realidad. Ahora esa alegría ha quedado como un eco lejano de lo que un día fue; aparece en las melancólicas tardes de domingo y brota al mirar los ojos tiernos de un niño, para quien su realidad es, en sí misma, nuestro anhelo. Al final de esta catarsis solo han quedado las cenizas, pero incluso en ellas aún perdura el recuerdo. Miro al pasado con algunas lágrimas en los ojos y una sonrisa orgullosa, siendo consciente de que ni el paso del tiempo ni la crueldad de un mundo oscuro podría hacerme olvidar su recuerdo. Esa niña de vestidos brillantes y sonrisa dulce, permanece dentro de mí como el tesoro más grande al que se mira con amor. Encapsula el recuerdo de cuando todo parecía más simple: las épocas en las que podía morir de la risa y habitar la ternura, antes de que el mundo nos enseñara a escondernos.

Ensayo sobre la identidad y la libertad: Una reflexión crítica de Un mundo feliz.

 









“Al principio no vi nada; mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, se deslumbraron y se cerraron bruscamente. Cuando pude abrirlos, me quedé más que maravillado, alucinado. (…) Un inmenso manto de agua, que podía ser el comienzo de un lago o de un océano, se extendía más allá de lo que alcanzaba la vista.”

Viaje al centro de la tierra, Jules Verne.

 

Un mundo feliz, escrito por Aldous Huxley, la Odisea de Homero o los cuentos de Shakespeare representan aquella literatura clásica que ha permeado la sociedad, guiado los pasos de grandes pensadores, filósofos y soñadores; la que ha convertido universidades en instituciones de pensamiento, por las que se han dado todas las revoluciones de las ideas, liberado pueblos y marcado generaciones. Sin embargo, ¿qué sería del mundo si el arte que por muchos años ha sido el encargado exaltar las cualidades humanas desapareciera, si las convicciones personales fueran arrebatadas por el egoísmo, la frialdad y el control? Donde hasta el más íntimo sentimiento estuviera condenado a desaparecer, mientras los seres humanos sacian el vacío de felicidad y placer con la inmediatez. Es así como el mundo futurista que un día imaginamos terminaría siendo la más absurda y temida de las pesadillas. La destrucción de la autenticidad, la pérdida de la ética y la libertad dibujan un futuro sombrío mientras la inmensidad del conocimiento se condena al olvido.  

Las distopías son un género encargado de mostrarnos aquello que no desearíamos que sucediera en la vida real, contrario a la utopía que es mundo perfecto e ideal donde todo sale bien, no existe el sufrimiento y el agravio. Así las cosas, Huxley juega con este deseo y nos presenta lo que seria de la raza humana si aquellos problemas que tanto nos agobian un día simplemente dejaran de existir. Es fácil imaginarlo desde el cansancio cotidiano, la monotonía y la carga física y emocional que conlleva el simple hecho de vivir.

En su novela se nos presenta la materialización de este deseo a partir de un “mundo ideal”, permeado por varios sistemas de control; aunque cabe recalcar que este control no nace en la cuna, sino desde la concepción, en este mundo las mujeres no gestan a los que serán los ciudadanos, en cambio, utilizan los laboratorios del Centro de Incubación y Condicionamiento para lograr la manipulación embrionaria, creada a la luz de teorías de herencia genética planteadas por el científico Gregor Mendel. Este proceso que debería darse naturalmente es corrompido por los seres humanos, formando una línea de desigualdad y producción en masa, donde se clasifica la apariencia y las capacidades de las personas. Es así como gracias al condicionamiento, ya se sabe la suerte del futuro desde antes de nacer. A partir de la psicología y los estímulos negativos como ruidos estridentes y descargas eléctricas logran que los bebés sientan rechazo hacia ciertos objetos o lugares utilizando herramientas conductuales clásicas, como en su momento lo planteó John B. Watson. En estas prácticas pretenden que los bebés repudien los libros o la naturaleza porque el sistema está diseñado para desarrollar la pasividad de los individuos e impedir su capacidad crítica.

De este modo, dentro de la historia los libros no se prohíben explícitamente, simplemente desaparece el deseo por tomarlos gracias al rechazo automático, fruto del condicionamiento ejercido y que, en consecuencia, queda grabado en el inconsciente. Por lo tanto, se convierten en una sociedad que no se interesa por la lectura y tampoco se cuestiona el porqué.

Mas allá de los beneficios que se le atribuyen a la lectura como, mejorar la agilidad mental y la memoria hasta potenciar la creatividad y el pensamiento. Existen consecuencias mucho más profundas de lo que pensamos. Si decidiéramos mirar al pasado y tener en cuenta las figuras influyentes de la humanidad encontraríamos que aún son recordadas por lo que dejaron plasmado en la escritura; la Biblia como el manual sagrado de la humanidad, las teorías filosóficas planteadas por Platón en la Grecia antigua e incluso las historias de amor creadas por muchísimos literatos que sembraron la esperanza de sentir afecto y convivir con alguien más. Este andamiaje de historias carga consigo el peso de la intelectualidad y la sensibilidad real, con ello se demuestra que el hombre es un sujeto frágil regido por principios y convicciones, es fiel a sus creencias y la mayoría de veces busca seguirlas para darle sentido a su propia existencia. En ese orden de ideas, la lectura es un acto de libertad que le permite al ser humano reflexionar, cuestionar y construir su visión del mundo. Umberto Eco, semiólogo y novelista defendía que leer es interpretar y en esa interpretación reside la capacidad critica que distingue al ser humano de la máquina.

En ese sentido, la novela comprende que, a pesar del condicionamiento y los múltiples esfuerzos por convertir al ser humano en una máquina inerte, aún quedan vestigios de humanidad. El sentimiento de vacío e infelicidad hacen parte de la condición humana, cualquiera que haya vivido merece la facultad de sentir miedo, dolor o rabia; el sufrimiento humano es inevitable, según pensadores como Arthur Schopenhauer, la existencia en si misma lo es.

 Desde esta perspectiva, la búsqueda de la felicidad es una ilusión peligrosa, puesto que, ceder completamente a nuestros deseos representaría aceptar la inmediatez como moneda de cambio, aun sabiendo que no otorgará la felicidad plena. Pese a ello, el no hacerlo también conllevaría igualmente al sufrimiento y el tedio. Esta especie de paradoja hace parte de la complejidad del hombre, y no puede deshacerse de ella por más esfuerzos que ejerza en sí mismo.

La narrativa pretende evitar esta contradicción arrancando la capacidad de sentir. El Estado Mundial les prohíbe a las personas enamorarse profundamente, llorar, sufrir o quejarse. Con base a eso, nace la pregunta: ¿quién eres? ¿Que queda del alma humana cuando es despojada de su intimidad? En el mundo real, las personas se refugian del dolor que conlleva la angustia existencial en placeres efímeros como el alcohol, la pornografía o la drogadicción; sin embargo, al terminar su efecto el hastío es incluso peor que la razón inicial por la que lo hicieron. En la historia existe el soma, una pastilla que inhibe al cuerpo de sentir, lo sumerge en un estado de dopaje en el cual vaga entre sus propias ilusiones de felicidad. Lo realmente curioso sucede al despertar, ya que no siente nada, el cerebro no tiene consciencia de su estado, por ende, no existe el discernimiento. El sujeto no es capaz de reflexionar acerca de lo vivido, lo que conlleva a que vaya por el mundo en una burbuja ilusoria, dentro de ella se encuentra en un estado de aparente felicidad, pero debido a su naturaleza frágil, esta termina desvaneciéndose y repitiendo el ciclo una y otra vez.

En este punto, la identidad del hombre ha quedado diluida y sacrificada, la individualidad ha sido absorbida por el sistema, el mismo que le repite a su sociedad el lema principal: Comunidad, Identidad, Estabilidad por lo cual rigen sus conductas y generan la homogenización absoluta de la masa. Desde la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, en la psique humana conviven el Ello, el Yo y el Superyó conceptos que utilizó para describir las entidades que explican la personalidad. El Ello representa los impulsos inconscientes y el deseo de placer inmediato, el Yo se refiere a la reflexión práctica de las consecuencias de las acciones y el Superyó es la interiorización de las normas y los valores sociales. En el libro, las personas son despojadas del Yo auténtico, no hay reflexión consciente sobre la práctica y consecuencias de sus acciones. Parecen gobernadas por el Ello, pues los impulsos buscan responder al placer inmediato, como tomar soma, tener sexo y el consumo, pero realmente su conducta está profundamente marcada por el Superyó impuesto por el estado, debido a que han interiorizado las normas sociales a las cuales han sido adaptados. Este sistema les dice que deben ser felices, pero no sufrir y que deben consumir. Esta idea marca profundamente el pensamiento de la sociedad y conlleva a un declive de la identidad, convirtiéndose en una máscara vacía, una especie de performance en el cual se le dice a cada quien como actuar para ser aceptado.

En esta anulación del Yo auténtico, es propicio preguntarse si realmente existe la libertad. Si bien, la sociedad de Un Mundo Feliz puede obtener felicidad, sexo y diversión inmediatas, no tienen la facultad de escoger y a la menor objeción que hagan pueden tener consecuencias fatales. La libertad se define como la capacidad humana para sentir, actuar y tomar decisiones acorde a su propia voluntad. Según el texto Apología de la Inmoralidad, la ética hace parte de la libertad y surge cuando se interpone una reflexión ante las normas morales de una sociedad. La autora Paulina Rivero Weber afirma que es necesario ser inmoral, ya que gracias a ella se defiende la libertad de crear el propio ser y moldear el carácter a partir de la toma de decisiones conscientes regidas por el pensamiento crítico y la autonomía.

El personaje de Bernard Marx encarna un lado de esta dualidad: se siente deprimido y cree necesitar un cambio; sin embargo, al momento de enfrentarse a los sujetos que están más arriba en la jerarquía social, su valentía se desvanece, siente miedo de ser castigado. No obstante, al obtener un poco de reconocimiento y entrar a un punto mas alto en la burocracia, toda su “reflexión” se congela en el pasado. Esto puede significar que en algún momento si debió sentirse inconforme con su vida, pero no porque la aborreciera completamente, sino que necesitaba más poder. Muchas personas enfocan su vida a la crítica, como agregué anteriormente al hablar del performance, buscan aparentar tener una identidad sólida, aunque realmente esta está moldeada por valores impuestos (la moral). En este caso, lo único que desean es ser parte de los que oprimen, no de los oprimidos.

Por otro lado, existe el verdadero disruptivo, reflejado en la figura de John, el Salvaje. Al llegar a esta nueva sociedad, luego de haberse criado entre los mal llamados “salvajes” y con las reflexiones de los libros de Shakespeare no pretende ganar poder. Crítica duramente su manera de huir de las emociones y la fragilidad ontológica. Él representa la ética, es fiel a sus convicciones internas, aunque esto lo lleve a la soledad y la angustia. No acepta doparse con soma o traicionar sus valores éticos, afirma que prefiere el sufrimiento, no como acto masoquista sino como una manera de sentirse vivo. -Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado-. El Salvaje reclama su derecho a ser infeliz, ya que para el la libertad real implica el poder atravesar con naturalidad las etapas de la vida, conocer la belleza de la creación humana a través de la literatura y la poesía, ser capaz de soltar el dolor a partir del llanto, creer en algo superior a su existencia; acepta el riesgo de perder y sentir angustia. John demuestra que prefiere el sufrimiento de su Yo auténtico, hace de la libertad una resistencia y elige la destrucción digna de su propio cuerpo antes que corromper su ser.

En conclusión, la obra de Aldous Huxley muestra una distopía no tan alejada de la realidad, se convierte en un espejo profundo de la contemporaneidad. A lo largo de este análisis se ha evidenciado que la búsqueda de la felicidad inmediata conlleva a la superficialidad, condena a las personas a la dependencia de un estímulo que sacia la incapacidad de sentirse vivos. Al permitir que el condicionamiento anule el Yo auténtico, conllevan a que la sociedad quede atrapada en un performance disfrazado de identidad, cuando realmente representan la inestabilidad junto a la necesidad de encajar en un mundo que no ha sido diseñado para seres humanos. La libertad queda finalmente atrapada en un sistema burocrático de consumo masivo, donde los individuos prefieren la comodidad del placebo momentáneo antes que la capacidad de verdaderamente sentir.

Frente a esta deshumanización, las figura de John el Salvaje y la literatura clásica se erigen como la resistencia verdadera. Al retomar el asombro inicial que Julio Verne describía al salir de la oscuridad de la caverna y encontrar el agua para saciarse a sí mismo. La lectura y el arte son los únicos capaces de devolvernos la capacidad crítica para interpretar el mundo, cuestionar dogmas y abrazar la fragilidad de nuestra existencia. El sufrimiento, la imperfección y la angustia plasmada por Schopenhauer no son errores que deban sanarse con anestesia química o digital; son la prueba fehaciente de que estamos vivos. Defender el derecho a sentir, a dudar, a llorar y sufrir, nos recuerda que nuestra historia, hilada a través de palabras es, en última instancia, el camino para salvaguardar la identidad y la libertad y así, evitar que el futuro tecnológico que un día anhelamos se convierta en la mas absurda y vil de las pesadillas.





REFERENCIAS.

Adrián Triglia. (2016, octubre 13). El ello, el yo y el superyó, según Sigmund Freud. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/psicologia/ello-yo-superyo-sigmund-freud

Eco, U. (2000). Sobre la literatura. Anagrama.

Huxley. A (1932) Un Mundo Feliz.  Debolsillo.

Rivero Weber, P. (2004). Apología de la inmoralidad.  https://www.facmed.unam.mx/eventos/seam2k1/2004/ponencia_ene_2k4.htm

Schopenhauer, A (1819) El mundo como voluntad y representación.  

Verne, J. (1864). Viaje al centro de la tierra.  Austral.

Watson, J (1930). Conductismo.

MELODÍA DE LO ETERNO: EL ECO DE LA RISA.

Pensar en la infancia es como dar un suspiro: añorar aquellas épocas donde la vida no parecía tan seria, donde la mayor preocupación era...