Un lugar.
Me sentí en mi lugar preferido, en la ciudad aquella donde se encuentran el cielo y el mar, con ese olor a arena en el viento y esa emoción de libertad y felicidad, como si toda mi vida se hubiera resuelto. No sentía miedo, angustia o tristeza, solamente un alma llena de vitalidad y gozo. Sentí el agua en mi cuerpo, el momento en el que chocaban las olas encima de mí. Miraba hacia arriba y el sol lograba calentarme. Me alcé para contemplar aquella unión entre el cielo y el mar que parecía infinita, y entre suspiros llegó a mi mente el recuerdo de la canción «un beso y una flor» que me sacaba varias lágrimas. Empecé a recordar mi infancia, los momentos en los que jugaba a lo que quería y hacía las cosas que me gustaban sin sentir pena ni culpa. Allí entendí que sí había sido feliz, que la vida sí valía la pena y que era un regalo grandioso y demasiado bello. Logré deducir que, aunque no estuviera alegre todo el tiempo y que no tenía todas aquellas cosas que quería, era afortunada por vivir, sentir, ver y disfrutar de todas las maravillas de la tierra, la naturaleza, los atardeceres, la comida, y por recibir amor de mis padres, hermano y amigos. El simple hecho de mirarlos y reír junto a ellos me llenaba completamente de dicha. La vida no me pareció tan mala en ese instante, así que recostada en la arena con el agua frotando mis pies, empecé a llorar.
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